El Lobo y los Siete Cabritillos - Cuentos de los Hermanos Grimm

El Lobo y los Siete Cabritillos

Los siete cabritillos y su madre en casa

Había una vez una vieja cabra que tenía siete cabritillos y los quería como solo una madre puede querer a sus hijos. Un día quiso ir al bosque y buscar comida; entonces llamó a los siete a su presencia y dijo:


    —Queridos hijos, yo tengo que salir al bosque. Protegeos del lobo, que, si entra, os devorará enteros. El malvado se disfraza a menudo, pero lo conoceréis inmediatamente por su voz ronca y sus patas negras.


Los cabritillos dijeron:


    —Querida madre, tendremos cuidado, puedes irte sin ninguna preocupación.


Entonces la vieja baló y se puso en camino llena de tranquilidad.


Los siete cabritillos y su madre apunto de salir.
Ilustraciónes: Oskar Herrfurth


No había pasado mucho tiempo cuando alguien llamó a la puerta de la casa y exclamó:


    —Queridos niños, vuestra madre está aquí y os ha traído algo a cada uno de vosotros.


Pero los cabritillos reconocieron en la voz ronca que era el lobo.


    —No abrimos —exclamaron—, tú no eres nuestra madre, ella tiene una voz fina y melodiosa, pero tu voz es ronca; tú eres el lobo.


Después de esto el lobo se fue a casa de un tendero y se compró un gran trozo de tiza, se la comió y se aclaró con ella la voz. Luego regresó, llamó a la puerta de la casa y dijo:


    —Abrid, queridos hijos, vuestra madre está aquí y os ha traído algo a cada uno de vosotros.


Pero el lobo había colocado sus negras patas en la ventana, los niños lo vieron y dijeron:


    —No abrimos, nuestra madre no tiene las patas negras como tú; tú eres el lobo.


Entonces el lobo corrió a casa de un panadero y dijo:


    —Me he dado un golpe en la pata, échame por encima un poco de masa.

Y cuando el panadero le había untado ya la pata, corrió a ver al molinero y dijo:


    —Espolvoréame blanca harina sobre la pata.


El molinero pensó: «Este lobo quiere engañar a alguien», y se resistió a hacerlo, pero el lobo dijo:


    —Si no lo haces, te devoraré.


Entonces el molinero tuvo miedo y le puso la pata blanca. Sí, así son los hombres.


Entonces fue el malvado por tercera vez a la puerta de la casa, llamó y dijo:


    —Abridme, niños, vuestra querida madrecita ha regresado a casa y os ha traído algo del bosque a cada uno.


Los cabritillos gritaron:


    —Enséñanos primero tus patas, para que sepamos que tú eres nuestra querida mamita.


Entonces él colocó la pata en la ventana y, cuando la vieron blanca, creyeron que era verdad todo lo que él decía, y abrieron la puerta. Pero quien entró fue el lobo. Se asustaron y quisieron esconderse. Uno saltó por encima de la mesa, el segundo se metió en la cama, el tercero en la estufa, el cuarto en la cocina, el quinto en el armario, el sexto debajo del barreño de lavar y el séptimo en la caja del reloj de pared. Pero el lobo los encontró y no gastó muchos cumplidos engulléndoselos a todos.


El Lobo entrando a la casa de los Cabritillos.

Después de que el lobo hubo calmado su apetito, se marchó y se tumbó en la verde pradera bajo un árbol y comenzó a dormir.


No mucho más tarde regresó la vieja cabra a casa desde el bosque. ¡Pero, ay! ¿Qué es lo que vio? La puerta de la casa estaba abierta de par en par, mesas, sillas y bancos estaban volcados todos en el suelo, el barreño de la ropa estaba hecho añicos, la manta y los cojines habían sido tirados de la cama. Buscó a sus hijos, pero no los pudo encontrar en parte alguna. Llamó uno por uno a todos por sus nombres, pero nadie respondió.


Finalmente, cuando llegó al último, sonó entonces una fina voz:


    —Querida mamá, estoy escondido en la caja del reloj.


Lo sacó y él le contó que el lobo había venido y había devorado a los otros. Podéis imaginaros lo que ella lloró a sus hijos. Por fin salió fuera con toda su pena, y el más pequeño de los cabritillos la acompañó.


Cuando llegó a la pradera, allí estaba el lobo al lado del árbol, roncando de tal manera que los árboles temblaban. Lo observó detenidamente y vio que en su vientre superlleno algo se movía y se agitaba. «Dios mío —pensó—. ¿Estarán mis niños, que se ha tragado para la cena, todavía vivos?».


A esto fue corriendo a casa el cabritillo y cogió unas tijeras, aguja e hilo. Luego le abrió la panza al monstruo y, apenas había hecho un corte, sacó un cabritillo la cabeza; siguió cortando, y así fueron saltando uno tras otro, y estaban todos vivos y no habían sufrido el menor daño, pues el monstruo en su ansia se los había tragado enteros. ¡Qué alegría! Todos abrazaron a su madre saltando de gozo como si les hubiera tocado la lotería.


La vieja, sin embargo, dijo:


    —Ahora, id y buscad piedras; con ellas le llenaremos a este impío animal la barriga, mientras duerme todavía.


Los cabritillos, entonces, transportaron con toda prisa las piedras y le metieron en la barriga tantas como les fue posible hacerlo. Después de esto la vieja le cosió a toda prisa, de tal manera que no notara nada y no se moviese.


Cuando por fin el lobo hubo descansado bien, se incorporó y, al producirle las piedras en el estómago tanta sed, quiso ir a un pozo a beber. Cuando comenzó a andar y a moverse de un lado para otro, chocaban las piedras unas con otras haciendo ruido. Entonces exclamó:


    —¿Qué es lo que ahora retumba y en mi barriga resuena? Creí que eran seis cabritillos y solo parecen piedras.


Y cuando llegó al pozo y se inclinó hacia el agua y quiso beber, entonces las piedras le arrastraron hacia dentro de él y se ahogó de forma lamentable.


Cuando los siete cabritillos vieron esto, llegaron corriendo y exclamaron en voz alta:


    —¡El lobo está muerto, el lobo está muerto!


Y bailaron de pura alegría con su madre alrededor del pozo.


Los Cabritillos bailando y su Madre bailando alegremente.


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